RESVECH, PUSH y Bates-Jensen aplicadas a controles remotos
Una escala no diagnostica sola. Sirve para hablar el mismo idioma entre controles, sobre todo cuando el equipo que sigue la herida está repartido entre el domicilio, el centro de salud y una pantalla. El problema aparece cuando se completa de memoria, con una foto dudosa o sin haber visto nunca la lesión en persona. Estas tres escalas siguen siendo útiles en teleconsulta, pero cada una tiene ítems que conviene reservar para la evaluación presencial.
RESVECH es la más usada en el ámbito hispanohablante para úlceras por presión y lesiones crónicas: valora tamaño, profundidad, bordes, tejido necrótico, exudado, infección y piel perilesional. Su ventaja es que ordena la observación y permite comparar la evolución entre controles con un puntaje. Su límite, en remoto, está en los ítems que dependen de tacto o de estimación visual fina: profundidad real de la lesión, porcentaje de tejido desvitalizado y signos de infección profunda.
PUSH es más corta y muy práctica para seguimiento frecuente. Solo mide área, cantidad de exudado y tipo de tejido en el lecho, con una escala de 0 a 5 por ítem. En teleconsulta funciona bien cuando hay una foto estandarizada y una referencia de medida visible. Si la imagen cambia de ángulo o de luz, el puntaje de área deja de ser comparable y conviene anotarlo como dato dudoso en lugar de forzar un número.
Bates-Jensen es la más completa y también la más exigente. Incluye tamaño, profundidad, bordes, tejido necrótico, exudado, color de la piel perilesional y edema. Su detalle la vuelve valiosa para heridas complejas, pero en remoto obliga a reconocer qué ítems se están completando con información indirecta y cuáles quedan pendientes de confirmación presencial.
La estimación del tejido necrótico es el punto más frágil. Un esfacelo húmedo puede parecer tejido de granulación en una foto con poca luz, y una escara seca puede verse más pequeña de lo que es según el ángulo. Lo mismo ocurre con la profundidad: sin sondar ni palpar, cualquier valor que se anote es una aproximación. En la historia clínica conviene registrar el puntaje como estimado y dejar constancia de que ese ítem requiere control presencial.
La valoración de bordes y piel perilesional también pierde precisión a distancia. Maceración, eritema o signos de infección local pueden confundirse con sombras o con el color propio de la piel del paciente. Si el cuidador refiere olor, dolor nuevo o cambios de color, ese dato vale más que cualquier puntaje calculado sobre una imagen dudosa.
Una práctica simple es anotar el puntaje de la escala junto a una nota breve: qué ítems se completaron con seguridad, cuáles quedaron estimados y qué se espera confirmar en la próxima visita. Así el equipo tratante no lee un número como si fuera un dato firme cuando en realidad es una aproximación. También ayuda a que el profesional que retome el caso entienda por qué la evolución parece distinta a la esperada.
El puntaje no reemplaza la lectura clínica. Si una escala indica mejoría pero el cuidador describe más dolor, más exudado o fiebre, la alarma manda. En esos casos conviene derivar o adelantar la evaluación presencial antes que esperar el próximo control remoto.
Este artículo cierra una serie sobre seguimiento remoto de heridas crónicas. Si el tema de las escalas se cruza con la toma de imágenes, conviene repasar el protocolo de evaluación fotográfica de úlceras, porque sin fotos comparables ningún puntaje se sostiene. Y si la duda aparece en el pie diabético, donde los signos de alarma pesan más que cualquier escala, el repaso de pie diabético en zonas rurales ayuda a decidir cuándo derivar sin demora.
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